'Aguaviva', un viaje emocional a la diversidad y a la convivencia
El Festival de Cine de San Sebastián proyecta un documental sobre una aldea de Teruel que recibe a familias inmigrantes para hacer frente a la despoblación del municipio. En Canal Solidario hemos hablado con la directora.
Aguaviva, una pequeña aldea de Teruel, se va despoblando. De las casi 2.000 personas que vivían en ella en la década de los 30 se cae hasta menos de 600 a las puertas del siglo XXI. Es cuando el alcalde de Aguaviva concibe un plan de repoblación no exento de polémica: conseguir que familias enteras (sobre todo argentinas y rumanas) dejen su país y se instalen en el pueblo con la promesa de trabajo y vivienda.
Es el arranque de la historia que llamó la atención a Ariadna Pujol y a la productora Alea DF para acceder a la compleja realidad del municipio turolense y contarla en una película.
Han sido más de tres años de experiencia cinematográfica y vital, de “un viaje de fuerte impacto emocional que reflexiona sobre el desarraigo, la dificultad de aceptar al desconocido y la complejidad de la convivencia humana”, según los responsables del largometraje.
El resultado es Aguaviva, un documental que se presenta hoy y mañana en la sección Especiales Zabaltegi del Festival de Cine de San Sebastián. Su directora es Ariadna Pujol (Barcelona, 1977) y hablamos con ella de la película.
¿Cómo nace y se desarrolla el proyecto de filmar la realidad de un pueblo como Aguaviva?
La idea inicial parte de los socios productores de Alea DF. Ellos tienen un amigo, un conocido, que es de Aguaviva y es así como entramos inicialmente en contacto con la historia. Anteriormente yo había realizado un documental sobre la realidad de otro pueblo, Tiurana, que desapareció tras la construcción de un pantano, así que me encargaron la historia.
¿Y cuándo llegas a Aguaviva? ¿Cómo es esa primera toma de contacto con la realidad del pueblo?
Eso fue en enero de 2002, hace más de tres años y medio. Aterrizamos en Aguaviva con el objetivo de realizar un trabajo de campo exhaustivo. Me voy desplazando ahí más o menos una vez al mes para hablar con todo el mundo, para conocer a esas familias inmigrantes que ya vivían en el pueblo desde hacía poco tiempo y también para conversar con los autóctonos, la comunidad local. Quería crear lazos y vínculos personales con los que luego serían los protagonistas de la película y tomar ideas para dar cuerpo al guión.
¿Cómo te aproximas finalmente a estas personas y a su vida en la película?
Aguaviva no es un documental de entrevistas frente a la cámara. Preferí el retrato observacional: que los personajes reales ignoraran la cámara y vivieran sus situaciones cotidianas tal cual. Para mí era prioritario conservar la espontaneidad y la complicidad que había establecido previamente con los protagonistas. Fue sorprendente comprobar que muchos de ellos se olvidaban de la cámara y eran capaces de emocionarse, reír, llorar o enfadarse…
¿Cuáles fueron tus motivaciones iniciales? ¿Qué querías contar?
Quería saber qué sentían los recién llegados al pueblo y cuáles eran sus sentimientos. A su vez, quería también conocer el impacto sobre los locales del pueblo por la llegada a Aguaviva de unos forasteros con maneras distintas de ver y sentir la vida. Mi interés radicaba sobre todo en profundizar en el aspecto de las emociones de los protagonistas, en esas historias vitales, en sus pensamientos…
El tema admitía un enfoque social, o incluso político, ya que el plan de repoblación se vio envuelto por la polémica cuando buena parte de las familias argentinas discreparon de su ejecución y decidieron marcharse de Aguaviva. Pero yo no pude más que centrarme en el plano emocional: es la óptica con la que miro el mundo.
¿Y finalmente obtuviste respuesta a ese enfoque y a esas preguntas previas? ¿El documental llega a alguna conclusión?
Más o menos. Yo llegué a Aguaviva sin ninguna idea preconcebida, para aproximarme mejor a una realidad que desconocía. Pero pensaba lógicamente que los recién llegados podían sentir el desarraigo, que a lo mejor se sentían asfixiados en un pueblo tan pequeño cuando procedes de una ciudad, que se encontraban solos, con alegrías, frustraciones, esperanza, desilusión… En parte era así, pero finalmente me sorprendió la cantidad de matices de las historias personales y giros de la vida cotidiana en el pueblo.
¿Y los autóctonos?
Intenté también colocarme en su piel, claro. En una comunidad rural, pequeña, todo el mundo sabe de todo el mundo. Estás permanentemente observado y en cierto modo para los inmigrantes esto era también así, pero igualmente con muchos matices. En general, los lugareños, gente mayor, estaban contentos de recibir a gente para evitar la despoblación del municipio: veían llenarse la escuela, etc. Pero creo que tampoco podían evitar una cierta sensación de amenaza a su identidad.
Entonces, imagino que Aguaviva se convirtió en un mosaico de realidades muy diversas…
Podemos decir que sí. Como decía es un relato con muchísimos matices. No existe el blanco o el negro. En Aguaviva no se retrata una visión idealizada de los inmigrantes ni tampoco una visión dura o fría de los autóctonos. Es un retrato tan poliédrico que es difícil llegar a una única conclusión…
Aunque si lo tengo que resumir en algo, quizás diría que inmigrantes y autóctonos comparten un espacio físico común, el pueblo, pero que aún no se han fusionado. Un mundo y el otro viven aún separados y eso se refleja en la película, que pocas veces muestra en la misma secuencia a inmigrantes y autóctonos interactuando. A excepción, claro, de los niños y de los más pequeños, que rompen más fácilmente sus barreras y no tienen problemas para interactuar con el otro.
¿Recuerdas alguna situación particularmente chocante durante el rodaje?
Bueno sí, bastantes, claro. Porque todo el documental es una movida a nivel emocional, sobre todo para los recién llegados al pueblo. Una de las protagonistas es Ángela, una madre argentina con cinco hijos que llegó a Aguaviva sin su marido. Cuando sólo llevan un mes en el pueblo, durante una cena, una de sus hijas le espeta: “¿Por qué me vine acá?”. Es un momento muy difícil para la madre, que refleja la dureza del proceso de adaptación a esa nueva vida.
¿Y tú que sientes frente a todas estas historias? ¿Qué te llevas de Aguaviva y sus personajes como experiencia personal?
Una vivencia intensísima. Piensa que fueron más de tres años y medio desde que empezó todo, más un año de rodaje. Para mí fue una gran oportunidad, sintiéndome privilegiada al poder vivir desde dentro el día a día de este pueblo, las pequeñas cotidianidades. Con el paso del tiempo en Aguaviva se percibe perfectamente la evolución de algunos de los personajes y eso ha sido como un auténtico regalo.
Más información:
Aguaviva se proyecta los días 22 y 23 de septiembre en la sección Especiales Zabaltegi del Festival de Cine de San Sebastián 2005.
Canal Solidario-OneWorld, 2005
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