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Chicaloma, un pueblo africano en el corazón de Sudamérica

Por: Redacció el 26/07/01 14:12
Tiempo estimado de lectura : 4 minutos
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Desde el siglo XVII en que fueron trasladados a Sudamérica, este pueblo mantiene sus tradiciones africanas unidas a las bolivianas. Hoy, sus niños sueñan con mejorar la situación de sus familias manteniendo sus costumbres.

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Chicaloma, un pueblo africano en el corazón de Sudamérica

Niños de Chicaloma / Save The Children

En los yungas de Bolivia, región natural de valles que se forman en las lomas de montañas que descienden desde la cordillera oriental, donde corren caudalosos ríos formados por el deshielo que hacen a la zona húmeda y cálida a la vez, se encuentra un pequeño poblado: Chicaloma.

Chicaloma se caracteriza porque sus habitantes son descendientes de africanos esclavos que llegaron a lo largo de los siglos XVII y XVIII y se mantuvieron aislados trabajando en haciendas (fincas agrícolas propias de esta zona de América) donde se adaptaban enseguida al tipo de clima. Hoy forman el grupo denominado afroboliviano que, pese a ser reducido, mantiene su cultura, tradiciones y costumbres.

La gente

La gente de Chicaloma es muy pobre y sufre todo tipo de necesidades. El acceso al pueblo es muy difícil porque los caminos que comunican Chicaloma con otras poblaciones cercanas están en mal estado y a veces, en época de lluvia, el pueblo queda incomunicado. Los chicalomeños trabajan cultivando frutas como la banana, la naranja o la mandarina, que no siempre tienen buenos precios en el mercado. Sin embargo, sus pobladores se caracterizan por ser muy alegres y hospitalarios.

En el pueblo se quedan sobre todo ancianos y niños; los jóvenes y adultos emigran a las ciudades más grandes, buscando mejorar su situación y sus posibilidades. Pero en las ciudades encuentran el rechazo y la discriminación por su color. Por eso prefieren trabajar en Brasil o Argentina, donde son tratados mejor, aunque por la distancia les es muy difícil regresar a sus casas.

Costumbres y tradiciones

Entre las costumbres que atesoran está la Saya, música y danza tradicional. Al ritmo de tambores, hombres y mujeres cantan a voces y bailan armoniosamente: sus coplas hablan del sufrimiento de la esclavitud durante los siglos pasados, pero también de la vida actual, del duro trabajo del campo, de sus sentimientos, de sus esperanzas y de sus sueños.

Los niños aprenden desde temprano las costumbres de su pueblo, tararean sus canciones, van canturreando o haciendo de cualquier cosa a su paso un instrumento que los acompañe. Se preparan para los días de fiestas de su pueblo y de pueblos vecinos, en las que los más destacados en la música y la danza acompañarán a los adultos del grupo de música.

El deporte más popular entre ellos es el fútbol, que practican animadamente en los descansos de la escuela y los fines de semana. Algunos, corriendo detrás de una pelota de trapo, sueñan con convertirse en famosos jugadores profesionales.

Todos tienen obligaciones

Los niños deben ayudar a sus padres y abuelos en el trabajo, por las tardes después de la escuela y los fines de semana los acompañan a los campos de cultivo o son contratados para la recolección. Los niños bajan la fruta de los árboles, la llevan hasta el camino y luego la suben al camión que la transportará hasta el centro de venta. Reciben a cambio, en el mejor de los casos, un par de monedas que ayudarán en los gastos de la familia.

La alimentación que reciben es muy baja en vitaminas y proteínas, pocas veces toman leche o comen carne, enferman con facilidad y no hay centros médicos cercanos para que sean atendidos. Al terminar la educación básica, si quieren seguir estudiando y si sus padres tienen la posibilidad de pagar sus estudios, van a otros pueblos o ciudades donde se encuentran los colegios superiores. Durante largas temporadas no pueden visitar a sus padres y hermanos, pero el sacrificio, aunque es grande, vale la pena porque quieren trabajar y ayudar a su gente.

Sus sonrisas son esperanza

Como se trata de un grupo muy pequeño, los afrobolivianos de Chicaloma han pasado desapercibidos, sin recibir ayuda del Gobierno o de su municipio. Gracias a que en Bolivia comienza a conocerse su cultura, sus cánticos, bailes y costumbres, empiezan a ser reconocidos y considerados en las nuevas políticas para el desarrollo de la población y se están organizando para exigir sus derechos y la atención de sus necesidades.

Los niños, que son la esperanza de Chicaloma, quieren estudiar para mejorar, pero no para irse y ya no regresar. Sueñan con ser los doctores del pueblo, los ingenieros que construyan mejores caminos y puentes que faciliten el acceso, arquitectos que edifiquen casas bonitas y de colores, políticos con programas que ayuden al desarrollo del campo, agrónomos para mejorar sus cosechas, artistas y músicos para mostrar y difundir su música y poesía, escritores para dejar grabadas sus costumbres, y también bomberos, policías, físicos, científicos, astronautas… Son niños que, como en todo el mundo, sueñan con un mundo mejor, con trabajar para mejorar la vida, con un compromiso con su tierra y con su gente.

Artículo publicado en la revista de Save the Children ‘Jatun Sunqu’ (Corazón Grande), nº 19.

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