El abandono cotidiano de nuestros mayores: la soledad de Dña. Francisca
Doña Francisca vive en un barrio de una gran ciudad, es dependiente y tiene el perfil exacto de las víctimas de abandono cotidiano. Hace cinco años que no sale de casa y cada día la soledad se sienta junto a ella a ver la tele.
Hoy no voy a hacer lo que todos los días, voy a visitar a una mujer muy especial. Se llama Francisca y tiene 77 años. Su nombre, y el de otros muchos, está en la lista de espera que la ONG Solidarios para el Desarrollo tiene para su servicio de visita a domicilio. Francisca está sola. Como ella, siete millones de personas superan en España los 65 años. El 21% de ellos viven solos, un millón y medio de ancianos que se enfrentan cada día a su caballo de batalla: la soledad.
Viven completamente solos y las visitas no suelen ser muy habituales, sufren el llamado abandono cotidiano. El resultado se traduce en cerca de un centenar de personas que en Madrid son descubiertas cada año varias semanas (incluso meses) después de que fallecieran, los vecinos son alertados por el olor y no porque les echen de menos. Este año ya van 53.
Llego hasta la casa de Francisca, ella no se puede mover y me tira las llaves por la ventana. Doña Francisca forma parte del 10% de los 601.739 ancianos que en Madrid tienen problemas de movilidad. Abro el portal y subo hasta su casa, la puerta no se abre. Hace unas semanas intentaron robar en la casa de Doña Francisca. Los ladrones pensaron que no había nadie, algo comprensible ya que Francisca hace cinco años que no sale de su casa. Alertados por los gritos de Francisca, huyeron dejando tras de si una puerta que ya no abre bien. Saco y vuelvo a meter la llave, empujo, tiro, insisto… pero nada, no se abre. La mujer que lleva cinco años sin salir de su casa se tiene que levantar y recorrer los apenas cuatro o cinco metros que la separan de la puerta, para ello invierte un par de minutos. Su respiración se entrecorta, se ahoga y se queja; temo que mi visita no le suponga una alegría, sino un problema de salud.
Finalmente, después del suplicio, me abre la puerta. Sonríe. De nuevo, el largo camino de vuelta al salón. Sus piernas se ayudan de dos muletas, y sus pulmones de una bombona de oxígeno. Pongo la grabadora y ella empieza a toser, la cosa va para largo, quito la grabadora y ella me enseña las fotos de la boda de su hijo.
A pesar de que ella insiste en su desgracia y mala pata (la última vez que volvía a su casa del hospital, siempre con la inestimable ayuda de dos enfermeros que la suben las escaleras, se dio un golpe contra un escalón de la ambulancia y tuvieron que devolverla al hospital), Doña Francisca no es de las más desafortunadas de las ancianas de Madrid. Su marido aún vive aunque está pasado una temporadilla en el hospital a causa de una neumonía. Además tiene más familia, entre ella a un hijo y una hija. Con ella, por esas cosas que tiene la vida, no tiene demasiada relación. Con el hijo sí, pero el trabajo de camionero no le deja demasiado tiempo para visitar a su madre. Ella habla de él con orgullo, “está muy preocupado por su madre”, dice Doña Francisca.
Pensión de viudedad, pensión de precariedad
Doña Francisca se pregunta que sería de ella si su marido fallece. En ese caso engordaría el gran número de mujeres mayores que viven solas en Madrid; del total de 132.595 personas mayores que sufren el abandono cotidiano, el 81% son mujeres.
Al dolor de quedarse sin su marido y pasar a vivir sola, Doña Francisca tendría que añadir una disminución más que considerable de sus ingresos. Con los mismos gastos que tiene ahora, ella pasaría a ganar el 46 por ciento de la pensión que recibe actualmente su marido y no tendría el derecho de recibir las pagas extras de noviembre y junio. Para pagar el alquiler del piso, la luz, el teléfono, las medicinas y comer todos los días, Francisca y Juan tienen 649.09 € (108.000 pesetas). Si él falleciera, Doña Francisca tendría que pagar lo mismo con menos de 300 € (50.000 pesetas).
Doña Francisca me enseña fotos, me habla sobre su familia, su vida, el pueblo de Zaragoza donde nació en agosto hará 78 años… a llegado la hora de comer, me quedo. Me niego a pensar que esta mujer tenga que levantarse a hacer la comida todos los días. Caliento el puré de verduras que su hijo le trajo ayer y unos filetes de pollo que ella misma ha cocinado. Mientras comemos, me dice que está harta de tanto pollo, “no te puedes imaginar el pollo que llevo dentro”, me dice y sonríe. Doña Francisca no tiene dinero para comprar ternera. “Somos pobres”, me dijo al hacerme sentar en su modesto salón.
Deficiencias sanitarias
Doña Francisca lleva colgando del cuello un aparatito que le tiene comunicada permanentemente con un centro de asistencia. Si se cae basta con presionar el botón que lleva sobre su pecho para que acudan a ayudarla a cualquier hora del día. Doña Francisca tiene suerte, sólo 10.000 personas mayores cuentan en Madrid con el servicio de teleasistencia domiciliaria. Pero esto solo es una ayuda en caso de emergencia, nadie ayuda a Doña Francisca a lavarse, moverse… Más de dos millones de ancianos españoles necesitan algún tipo de ayuda en su vida cotidiana, tan sólo un 14% recibe algún tipo de atención sanitaria.
Nunca creí oír a un anciano querer ir a una residencia, pero a Doña Francisca le gustaría. Una persona con su nivel de dependencia y sin ningún tipo de ayuda a domicilio, a parte de esporádicas visitas del médico para medirle el azúcar (Francisca también sufre de diabetes), estaría mucho mejor atendida en una residencia. Pero si sólo tienen para comer pollo… Las residencias españolas sólo tienen plazas para el 3% de la población anciana y su precio es más alto de lo que la mayoría de los ancianos pueden permitirse. La última residencia que ha abierto Mensajeros de la Paz en Aldea del Fresno cuesta, para un anciano dependiente, la friolera de 1225 € , prácticamente el doble de lo que Francisca y Juan tienen para vivir cada mes. Y esto es barato, Mensajeros para la Paz es una ONG que, entre otras cosas, se dedica a proporcionar a los ancianos una residencia más económica de lo normal. A partir de ese precio todo es para arriba.
Las residencias públicas, en las que hay que pagar según sea la pensión que recibe el anciano, las listas de espera con interminables.
Ya es hora de irme. No sé cómo decírselo a Doña Francisca. Me levanto y se le nota el cara la angustia de pasar el resto de la tarde sentada en el sofá viendo la tele. Le prometo volver y ella me contesta con un “cuando quieras” y una sonrisa amarga.
Problemas sanitarios, servicios deficientes, una economía que aún no está preparada, y una mayor concienciación social ante la realidad de nuestros mayores, son los retos de un planeta con 600 millones de ancianos. El siglo XIX será el testigo de un envejecimiento acelerado de la población mundial. Según datos aportados en el Foro del Envejecimiento de la ONU celebrado esta primavera en Madrid, en el 2050, dos mil millones de personas habrán sobrepasado los 65 años. Si las cosas siguen así, dentro de unos años nuestra vida podría ser como la de Doña Francisca.
© Canal Solidario 2002
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