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Ellas, las albañilas

Por: Redacció el 05/07/07 17:56
Tiempo estimado de lectura : 5 minutos
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En Argentina, casi 80 mujeres construyeron sus propias casas dentro de una experiencia que significó descubrir derechos que parecían vedados al sexo femenino. Reproducimos los testimonios y la entrevista que recoge Periodismo Social.

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Ellas, las albañilas

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La geografía imponente del suelo colorado, con paredes de todos los verdes imaginables y las majestuosas cataratas mundialmente conocidas, se vio enriquecida a partir de agosto de 2005 con la presencia de hombres y mujeres de cascos amarillos que comenzaban la autoconstrucción de sus casas. Un convenio entre Cáritas y la Subsecretaría de la Vivienda del Gobierno argentino posibilitó a personas de Puerto Iguazú ser parte de un proyecto cuyo objetivo final es ya una realidad: crear un ‘conglomerado habitacional’. Pero el proceso implicó aprendizajes y reaprendizajes de roles y derechos. Así lo cuentan algunas y algunos de sus protagonistas:

Isabel: -Yo me siento realizada, porque me superé como persona; antes yo pensaba que no podía alzar ni un balde de agua… ahora vuelo por encima de los techos. Vencí más de mil barreras en esta obra.

Juana: -Primero empecé con armagasa gruesa, después hice recuadros de ventanas, cosa que no es fácil, y también me encargué de la mezcla. Probando mi fuerza física, me di cuenta de que puedo hacer muchas cosas. Yo decía “esto no es para mí”, pero sí, agarré la pala y aprendí. Lo único que no me salió fue el revoque fino. Al final, levanté con los oficiales que estaban conmigo dos casas y no fue tan difícil…”

Alberto: -¿Mujeres en la obra? Vamos a probar, dije…

Delia: -En la obra descubrí que valgo para mucho más de lo que yo pensaba.

Luis: -La experiencia más impactante fue trabajar con mujeres, tener que cuidarse al hablar, ser más respetuoso.

Ernestina: -Me reí mucho. Al principio el capataz me pedía ladrillos 18 y no sabía cuáles eran, pero a los 15 días ya conocía todas las clases de ladrillos que hay.

Juana: -Creímos que sólo haríamos trabajo liviano, pero nos pusimos las pilas para trabajar a la par de los hombres, y ahora puedo hacer arreglos en mi casa yo sola.

Rosa: -Trabajé como empleada doméstica y camarera. Aprendí a atar hierros, después me animé a coger la pala, hice revoques y terminaciones.

El ejercer el derecho a la vivienda implicó además el acceso a servicios públicos, a educación, al fortalecimiento personal, a crear nuevas relaciones, a incentivar la participación política, la inclusión social y a lograr un espacio de arraigo e identidad. Pero no fue espontáneo, porque a la par del equipo técnico que se encargaba de la obra, un equipo social trabajaba en talleres con las personas del barrio, realizaba cursos con salida laboral e impulsaba microemprendimientos.

La redefinición de las relaciones de género fue uno de los aspectos destacados, sobre todo cuando en junio de 2006 se entregaron las viviendas y se evaluó el proyecto. En los grupos y entrevistas individuales, hombres y mujeres reconocieron que lograron tener una conciencia de las estructuras patriarcales de opresión y del machismo consecuente, buscando una apertura a otras perspectivas, respetando los diferentes estilos y tiempos de cada uno y de cada una.

La ocupación por parte de la mujer de espacios destinados socialmente al hombre, la cooperación hombre-mujer y la apropiación de nuevas habilidades y destrezas-consideradas privativas del otro sexo- son algunos de los resultados de un año de trabajo en la construcción.

Tener la palabra

Susana Pascuale formó parte del equipo social del proyecto. Debe aclarar que es religiosa de la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora del Calvario, pues la ausencia de hábito rompe con el esteriotipo de la monja tradicional. Ella luce su cabello rubio, usa vaqueros y camisetas. Pero no solo la vestimenta, también su opción de vida difiere de muchas de sus compañeras.

“Las mujeres fueron protagonistas desde el principio, fueron a desmontar el terreno a pesar de que se había convocado sólo a hombres por considerarlo un trabajo pesado. Ellas se autoconvocaron, y además participaron activamente en los talleres y defendieron su derecho a tener el título de propiedad a su nombre”, cuenta la religiosa.

¿Cómo resumiría el proceso que realizaron estas mujeres albañiles?
El proceso fue personal y grupal. Desde lograr que se sienten en ronda en un ejercicio de taller, hasta conseguir que sostengan la palabra ante el grupo, ante el coordinador y poder confrontar. Ellas, después de tanto tiempo de sumisión, se animaron a tener su palabra. Entendieron que así como hicieron sus casas, pueden relacionarse de otro modo. Incluso vimos transformaciones en sus rostros, en su manera de comunicarse físicamente. Mujeres que nunca creyeron que podían trabajar, hoy saben de lo que son capaces y de la importancia de relacionarse con otras mujeres… sobre todo las que lograron salir de situaciones de violencia, porque se sintieron contenidas.

¿Cómo reaccionaron los hombres?
Los jóvenes valoraban mucho el esfuerzo de las mujeres más mayores. También resaltaban el ritmo de trabajo de la mujer e incluso reconocían que a veces se sentían superados. En la tarea fina, en las terminaciones, el trabajo de las mujeres era detallado.

El derecho a trabajar

Animarse a construir sus casas, ¿les dio el coraje para denunciar la violencia?
También se animaron a denunciar la violencia de sus parejas, cuando lograron colocarse en otro lugar. Fuimos apoyándolas y acompañándolas, porque había que ser coherente en la práctica con lo que se decía en los talleres, donde hablábamos todo el tiempo de hacer valer sus derechos. Incluso hubo casos de maridos celosos que se presentaron en la obra y preguntaron qué hacía su mujer ahí. Los señores tenían que entender que estaban trabajando, ejerciendo su derecho a trabajar.

Como en toda comunidad, hubo conflictos, sospechas, y supuestas prácticas abusivas de poder, que se fueron solucionando colectivamente y que formaron parte del aprendizaje colectivo: “No se negoció –acota Pascuale- la mujer que quería construir su casa lo hizo, incluso sin poner límites de edad. Claro que hubo fricciones entre lo que surgía de los espacios sociales de encuentro y el espacio técnico, porque las mujeres empezaron a reclamar su espacio y a ser tratadas con respeto en la obra”. Ahora que el barrio es una realidad, cuenta con un estatuto elaborado por todos los habitantes y contempla que existan dos delegados: un hombre y una mujer.

El seguro no permitía menores de 18 años en la obra, entonces se construyó un Centro Infantil para los niños y niñas de las albañilas, que estaba a cargo de una psicopedagoga y otras mujeres beneficiarias que se capacitaron para cuidarlos.

¿Qué mensaje dan estas mujeres a sus hijos e hijas?
Las mujeres refieren en las entrevistas de evaluación que pudieron plantarse de otra manera frente a sus hijos e hijas y sus parejas. Porque al principio sus allegados les decían “no vas a poder”. También fue una valoración por parte de las madres de estas mujeres, que por generaciones venían soñando con tener una vivienda digna.

¿Qué pasará con estas mujeres ahora?
Muchas están haciendo cursos de capacitación laboral, otras se están preparando como agentes para asistir en casos de violencia familiar, otras están asistiendo comedores comunitarios…

Pero, ¿ninguna está trabajando en albañilería?
Fueron a buscar trabajo, pero no les dieron “por los conflictos que podían acarrear”, según les dijeron. Entonces están creando una microempresa con algunos compañeros, para poder utilizar todos sus conocimientos de construcción, porque en las empresas privadas no las quieren aceptar.

(*) Periodismo Social es una publicación digital argentina con el objetivo de facilitar un abordaje más equitativo del sector social en los medios de comunicación. Sus artículos se orientan a la promoción de la inclusión de las organizaciones de la sociedad civil en los medios.

Canal Solidario-One World 2007

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