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Revista Es Posible
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'Historia de Ada', Pilar Rahola retrata la vida de millones de niños y niñas sin Hada

Por: Redacció el 14/10/02 18:25
Tiempo estimado de lectura : 12 minutos

Portada del libro de Pilar Rahola Historia de Ada / Random House Mondadori / Intermón Oxfam

En ‘Historia de Ada’, la periodista, escritora y ex diputada Pilar Rahola toma como punto de partida el giro que un día dio la vida de su segunda hija adoptiva, Ada, una niña nacida en la Siberia central, que de no haber sido arrancada del orfanato posiblemente habría muerto antes de los cinco años, habría caido en las redes de la prostitución, habría fallecido de Sida,...


En homenaje a estas ‘Adas’ a las que el azar no se les ha cruzado milagrosamente a tiempo permitiéndoles escapar de un destino miserable, Rahola escribe este libro, que además se presenta como un riguroso manual con cifras contrastadas sobre todos los problemas que afectan a la infancia mundial. A las estadísticas les aporta el rostro humano de criaturas con nombres y apellidos, y así consigue un alegato contra el dolor que no pretende dar lástima, sino rabia, la suficiente que incite a actuar.


‘Historia de Ada’ es el último título de la colección conjunta de Random House Mondadori (De Bolsillo) y la organización no gubernamental Intermón Oxfam de libros para la reflexión seria y responsable acerca de las principales cuestiones que preocupan a los ciudadanos de hoy. Parte de sus beneficios, además, se donan a la ONG.


La tragedia de millones de pequeños en el mundo se mide en frías estadísticas que, en ocasiones, en vez de remover conciencias, asientan la indiferencia. En este libro, usted grita esas estadísticas en mayúsculas y les da rostro humano.


La indiferencia es la peor forma de violencia contra los niños y nosotros basamos nuestro bienestar en la ignorancia, es decir, estamos encantados y felices de vivir como vivimos porque hemos decidido no saber. Cuando nos informamos, la conciencia del alma se nos conmueve un poco. Este libro está pensado para dar un bofetón directo al alma. No quiero inspirar lástima, no quiero inspirar compasión, quiero inspirar rabia.


No puede ser que la inmensa mayoría de los niños del mundo esté en esa situación. No puede ser que cada derecho fundamental esté vulnerado. No puede ser que de cada 100 niños que nacen, 92 lo hacen en el Tercer Mundo, y de esos 92 un montón van a ir a las redes de prostitución, a los conflictos bélicos, van a tener Sida infantil, van a morir de enfermedades curables antes de los cinco años, no van a tener agua potable, con toda probabilidad van a acabar explotados laboralmente o siendo esclavos, etc. Y son la mayoría de los niños del mundo.


Los niños son el eslabón más frágil de la cadena, en el que revierten todas las violencias de los otros eslabones. Si hacemos una pirámide de derechos: ¿quién está peor que un hombre sin derechos? su mujer; ¿quién está peor que su mujer? su hijo; ¿quién está peor que su hijo? su hija. Si no hay comida, va a ser la que comerá menos; si no hay dinero para la escuela, va a ser la que no va a ir a la escuela; con toda probabilidad, se le va a asignar un matrimonio; tiene todos los puntos del mundo para ser una mutilada genital; si hay un conflicto, será violada y seguramente prostituta; si tiene que abandonarse a algún elemento de la familia, se abandonará a la niña… Todos los grados de violencia son posibles en una niña. El elemento más frágil de todas las cadenas sociales es la niña y el segundo más frágil es el niño, y luego la mujer.


Éste es sin duda, de lejos, el libro más duro que he escrito en mi vida. Yo me he secado por dentro escribiéndolo, me he quedado impresionada de lo que me encontraba, de lo que sabía. Cada capítulo es una bajada a los infiernos y al mismo tiempo es un grito de esperanza, porque mis niños de la prostitución, mis niños soldado, mis niños de la calle son niños rotos y, al mismo tiempo, de una enorme ternura.


¿Qué le ha impresionado más de todas las realidades de la infancia que ha retratado en su libro?


Quizás lo que me impresionó más, lo que me dejó más clavada, fue que este libro es un libro de mi hija. Es decir, se llama ‘Historia de Ada’ porque mi última hija se llama Ada. Mi niña, hace un año, era una niña de éstas, era una niña de la miseria y del abandono, y podría haber sido una niña de las redes de la prostitución mafiosas rusas, una niña muerta antes de los cinco años –su currículo médico era terrible—, una niña con sida terminal, una niña en uno de los muchos conflictos del Asia central donde ella nació...


Sólo la casualidad, el azar, yo cruzándome en su camino de golpe convierten a una niña que no tiene ninguna oportunidad en una niña que las tiene todas. ¿Por qué? ¿por qué mi hija ahora tiene todas las oportunidades y ayer no tenía ninguna? Es tan terrible que lo que más me conmocionó de todo lo que fui aprendiendo es que cada uno de esos niños podía ser mi hija y ya no lo era. Por eso, al libro le puse ‘Historia de Ada’, no es su historia, sino la historia de lo que no será, por suerte, pero que tantos niños son.


Es como arrancar un trozo de piel del alma.¡Este libro me ha costado…! No sólo como una cuestión de tiempo, aunque sí he querido que todos los datos estuvieran muy contrastados, cada dato está contrastado por un mínimo de cuatro fuentes porque lo planteo también como un libro manual. Todo el mundo que tenga interés en mutilación, niños soldado, prostitución… ahí lo tiene todo: las redes, cómo funcionan, qué es un turista sexual, en qué países se produce, cómo es la pornografía infantil, dónde hay conflictos bélicos con niños soldado, dónde hay niños esclavos, qué productos utilizamos provenientes de la esclavitud infantil… hay un trabajo de búsqueda y de investigación muy serio.


Pero al mismo tiempo, también es un libro sentimental, es un libro de niños reales, no es un libro de estadísticas, hay nombres y apellidos, hay personitas con sus historias, sus vidas, sus tragedias… a veces con esperanza, algunos han salido adelante. Y claro, me he ido enamorando de cada niño con nombres y apellidos, a veces los he conocido en foto, a veces he conocido sus historias, a veces están muertos.


Precisamente algo que me ha gustado del libro es la equilibrada combinación de estadísticas con rostros humanos que hay detrás de ellas, porque parece que, tal como nos bombardean con cifras desde los medios de comunicación, éstas por sí solas no conmueven.


Si yo digo que en estos momentos hay más esclavos en el mundo de los que había en el África de la esclavitud es una cifra, creíble o no creíble aunque es cierta, pero en todo caso lejana. Pero si hablo de Iqbal Masih, un niño que fue vendido por sus padres a los cuatro años para pagar una deuda a las mafias de las alfombras de Pakistán, que estuvo esclavizado, atado con una cadena a los telares de las alfombras de los cuatro a los nueve años; que a los nueve años, con los pulmones hechos polvo, sin saber leer ni escribir, sin haber salido nunca del telar, malnutrido, un día en una visita a la fábrica que hizo una organización pro derechos humanos le hablaron al oído de derechos, le dieron una dirección, y ese niño consiguió salir en una cesta, escaparse, buscarlos, liberarse; y de los nueve a los trece años se convirtió en un activista en contra de la esclavitud de los niños de las alfombras, y fue el momento de matarlo las mafias de las alfombras, entonces ya no estoy hablando de una cifra, estoy hablando de ese niño, que luchó, que tiene nombres y apellidos, que sin saber ni leer ni escribir descubrió que tenía derechos y que a partir de ahí denunció al mundo su situación.


Cada persona que se compra una alfombra en un país exótico que primero sepa quién la ha hecho. Hay iniciativas europeas que garantizan con sello fábricas donde no hay niños esclavos de las alfombras, por ejemplo. Hay formas de compra que no son basadas en el dolor de la infancia. Cada turista sexual, cada vez que cada amigo, cada marido, cada novio, cada amante se va al Tercer Mundo y liga mucho que recuerde lo que hay detrás, que recuerde que cada vez las prostitutas infantiles son más pequeñas por miedo al Sida.


Un turista sexual generalmente es un señor normal o una señora normal. No son pedófilos, la inmensa mayoría son ejecutivos, hombres de bien, que tienen sus hijas, mujeres que tienen sus maridos, pero claro, se pintan mucho esas niñas, parecen mayorcitas, total, si les vamos a dar de comer… y usan favores. Existe la prostitución infantil porque existe el turista sexual del Primer Mundo, y no nos pensemos que es estadounidense o canadiense, está al lado de casa, vive en nuestra vida, en nuestro mundo, lo conocemos. Eso es lo duro.


Y nuestro Cola-Cao, o nuestro café, o nuestra pelota lo han hecho niños, los que trabajan en las grandes plantaciones de cacao de África o Sudamérica, los que trabajan en los cafetales. ¿Cómo luchar contra eso? Pues bueno, primero hay que saberlo, a partir de saberlo, denunciarlo, a partir de denunciarlo solidarizarse y a partir de ahí se mueve la cadena. Pero claro, es que la indiferencia es la primera forma de violencia, es que nos da igual.


En una frase del libro afirma que la miseria de las personas del Tercer Mundo es nuestra miseria y que su malestar se sustenta en nuestro bienestar. ¿Los ciudadanos del mundo occidental se pueden escudar en que estos problemas no los pueden manejar porque no son los líderes de una gran potencia?


De entrada, nosotros somos parte del Primer Mundo, es decir, somos responsables de la tragedia humana del Tercer Mundo. Creer que el Primer Mundo no tiene responsabilidades es ser un auténtico hipócrita e incluso algo más fuerte, no es cierto. Cada vez más somos más ricos, cada vez ellos son más pobres. El abismo entre mundo rico y mundo pobre se va abriendo en lugar de cerrando. Segundo, nuestros niños existen y tienen derechos porque son consumidores, si nuestros niños no fueran consumidores, no existirían y serían niños de la calle. El mundo expulsa a los niños que no pueden comprar.


En el libro insiste en que se aprovecha la vulnerabilidad de los niños para todas las formas de explotación.


Sí. Cada año hay alrededor de 5.000 niñas nepalíes compradas directamente a sus padres –es una forma de supervivencia—que van a las redes de prostitución. A veces van a los prostíbulos de la India, de Bombay de Calcuta, a veces van para el uso privado de los grandes jeques árabes del petrodólar, que se las quedan desde los seis o siete años hasta los trece, cuando las envían a los prostíbulos. Hay algo claro, hoy hay más niños esclavos que antes, más prostitución infantil que antes, más niños de la calle que antes, más niños soldado que antes, más niños con Sida que antes… ¿qué pasa?


Dime algún solo niño con Sida o con madres con Sida en el Tercer Mundo que pueda contarlo, en el Primer Mundo no se muere de Sida, mientras que el África subsahariana se nos muere. Hay zonas totalmente contaminadas en Sudáfrica y Botswana, entre otros muchos países. Lo que me impresionó más de los datos que daba ONUSIDA es que la inmensa mayoría de las miles y miles de personas africanas que mueren de Sida no sabe de qué muere. Creo que era la representante de esta agencia de la ONU que decía que había que declarar la guerra al Sida en África y es verdad, habría que movilizar un ejército de ganas, energías y personas que entraran en esta lucha. Hay que pensar algo así de brutal: el Sida ha matado a más gente en África que en todos los conflictos armados. Pero es que, ¿qué dato te puedo dar que no sea espectacular? 135 millones de mujeres han sido mutiladas en el mundo, cada año dos millones de niñas.


Quienes quieren justificar que se siga practicando la ablación, argumentan que se trata de una tradición. ¿Hasta qué punto una práctica que vulnera los derechos humanos se puede considerar tradición?


Si alguien me justifica, a través de la tradición, la terrible violación que significa la mutilación genital femenina solo puedo responder que es un energúmeno y, además, que desprecia profundamente el derecho a la vida y a la intimidad. La mutilación genital es una de las formas más execrables de violencia contra la mujer y contra las niñas. Cada vez se practica en niñas más pequeñas, hay zonas de Egipto donde se practica a bebés.


Es una violencia contra la mujer que la va a acompañar toda su vida: le destruye la sexualidad, le destruye la integridad física, le deja secuelas de por vida, muchas de ellas mueren desangradas, muchas de ellas mueren gangrenadas, ninguna puede tener placer sexual, la inmensa mayoría tiene dolores terribles durante el parto, se les producen quistes y además dejan de ser dueñas de sí mismas. Es una monstruosidad saber que cada 15 segundos una niña es mutilada en el mundo. Yo diría que es el dato más terrible y horrible de lo que significa el dominio sexista en el mundo. Me pregunto: si fuera una mutilación a los hombres, ¿la permitiríamos? ¿el mundo lo aguantaría?


Hay que recordar además que en muchos países se practica la infibulación, que es la forma más execrable de mutilación, porque implica no solo el recorte absoluto de los labios y del clítoris, sino encima que se las cose para que lleguen vírgenes al matrimonio, y se les deja un pequeñísimo orificio. Ésta es la situación del 99% de las mujeres mutiladas en Somalia, que son infibuladas.


El abogado y escritor Javier Nart contra este tipo de prácticas, que en ocasiones se importan a España a través de la inmigración, apuesta por la democracia y el laicismo.


Estoy absolutamente de acuerdo con este aspecto. La única manera de combatir a los dioses que esclavizan a la mujer y al hombre es a través de las leyes civiles. Dios, en el mundo de cada cual, en los altares de la intimidad; y las leyes para todos. Las teocracias son fascismos encubiertos, son las peores formas de dominio sexista y hay que recordar que la inmensa mayoría de mujeres del mundo no tiene derechos y están esclavizadas por culpa de esos dioses terribles y esas leyes teocráticas. Los derechos fundamentales tienen que estar absolutamente defendidos por la democracia.


Yo exigiría que el código penal español tipifique la mutilación genital como un delito, ya que no está tipificado, hay un delito contra la integridad física de los niños que podría incluir la mutilación, pero tiene que existir un delito concreto que se llame mutilación genital. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque cada vez más vamos a tener más mutilaciones en España. Ya existe la mutilación a través de la inmigración, y no solo en los casos de los padres que se llevan a las niñas a sus países de origen para mutilarlas allí, sino que también hay mutilaciones ilegales en España. Es necesario endurecer muy contundentemente el código penal; es necesario, donde hay colectivos sensibles a esta práctica, un trabajo muy serio de los agentes sociales; es necesario un control médico.


En las primeras páginas del libro afirma que la primera vez que vio a su hija Ada tenía la mirada triste, hacia adentro, y con tiempo, gracias a las oportunidades pudo sacar hacia afuera su alegría y personalidad.


A mi hija, cuando la conocí llegué a la conclusión de que era la niña más triste del mundo. No solo no sonreía, sino que realmente tenía la mirada hacia adentro, no miraba. Le hacía carantoñas, le gastaba bromas con mi marido y mis otros hijos y no nos veía. Nos dijo una mujer de la zona que no estaba acostumbrada a ser el centro de atención y cuando le dije al médico que mi hija no reía, me respondió: “no tiene motivos, dale motivos”. Y es cierto, le dimos motivos y la niña se ha convertido en una niña súper alegre, muy extrovertida, con una fuerte personalidad que yo nunca habría adivinado en esa niña triste y frágil que conocí.


Me hacía ilusión homenajear, no a Ada, sino a las Adas que dejé atrás. Destruir la infancia es destruir el futuro, somos auténticos suicidas, por eso yo no quiero dar lástima con este libro, quiero dar rabia y al mismo tiempo que se enamoren de mis niñas.


© Canal Solidario 2002

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