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Los “Sin Tierra”: una lucha por la esperanza

Por: Júlia Serramitjana el 26/12/09 21:13
Tiempo estimado de lectura : 7 minutos
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Un ejemplo de cómo, 25 años después de su fundación, el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) sigue activo en uno de los estados más pobres de Brasil. Este texto es fruto de un campo de solidaridad realizado con SETEM en agosto de 2009.

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Los “Sin Tierra”: una lucha por la esperanza

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Un ejemplo de cómo, 25 años después de su fundación, el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) sigue activo en uno de los estados más pobres de Brasil. Este texto es fruto de un campo de solidaridad realizado con SETEM en agosto de 2009.

A menudo, la imagen de Brasil suele ir asociada al fútbol bien jugado y a la samba bien bailada. Aún así, sabemos que en este país no todo es tan idílico y también tenemos plasmadas en la retina algunas imágenes del Brasil más desfavorecido: favelas, violencia urbana, pobreza y desigualdad social.

Y es que Brasil, a pesar de que en pocos años albergará unas nuevas olimpiadas, sigue siendo un país con unas desigualdades sociales muy marcadas y con una nefasta distribución de la tierra.

Así, uno de los estados más pobres del Noroeste del país, Maranhão, ha visto como en 40 años, casi 30.000 km2 de su territorio, una extensión más grande que Cataluña, pasaba en manos de una pequeña parte de la sociedad, principalmente a las de los latifundistas.

El latifundio, símbolo de desigualdad
A pesar de que parezcan personajes históricos del pasado, en el estado de Maranhão, como otros muchos estados brasileños, los latifundistas poseen la mayor parte de las tierras cultivables. Muchas no se están aprovechando por producir alimentos o se destinan a la exportación de la soja o el eucalipto y, paradójicamente, muchas familias de las zonas rurales tienen serias dificultades por poder alimentar a sus hijos y hijas.

El resultado de esta mala distribución de las tierras fue que muchos campesinos que no disponían de tierra por cultivar acabaran marchándose a ciudades como Sao Luis, la capital de Maranhão, de unos 100 mil habitantes, en busca de un futuro más prometedor. Lamentablemente, si cambiar el campo por la ciudad ya fue un choque por estas personas, también tuvieron que hacer frente a una situación peor de la que partían: la miseria de las favelas, la violencia, la falta de trabajo y, sobre todo, de esperanza.

Abandonar la favela para volver al campo
A finales de los 70, una parte de la sociedad tomó conciencia de que la pobreza no se generaba sola, que las favelas no habían surgido de la nada y empezaba a organizarse por todo el país. Así nacen los “Sin Tierra”, un movimiento social que lucha para que realmente se produzca un reforma agraria en el país impulsada por el gobierno. Y lo hace “rescatando” de las favelas todas aquellas personas que tuvieron que abandonar el campo.

Para conseguir acceder a la tierra, el MST se ampara en una artículo de la constitución brasileña, por el cual toda aquella tierra que no cumple una función social es susceptible de ser ocupada. Es aquí dónde el movimiento tiene su razón de ser y de actuar.

De la ocupación al asentamiento
La ocupación de la tierra es uno de los momentos más críticos del proceso, por las situaciones de tensión que se pueden generar con las fuerzas del orden o con el mismo latifundista, que se resiste a cederla.

Pero, una vez ocupada la parcela llega el momento de la verdadera lucha, la lucha por no perder la esperanza. Y es que desde que se ocupa una tierra hasta que el órgano público (el INCRA, el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria), que se encarga de determinar si la parcela realmente no cumplía una función social, pueden pasar años.

Las negociaciones del gobierno con el latifundista por determinar la cantidad que se debe pagar por la expropiación suelen alargar el proceso. Y son años muy duros para las personas que esperan: a menudo las ocupaciones se hacen en los bordes de las carreteras, precisamente por hacerse más visibles, en lugares dónde no hay agua potable ni luz ni las mínimas infraestructuras por llevar una vida digna. Esto hace que el nivel de motivación de las personas que aguantan días y días en esta situación tenga que estar realmente alto. Aquí, el papel de los militantes locales del MST tiene un papel destacado. Son ellos y ellas los que los visitan periódicamente para alentarles a no abandonar y convencerlos de que la lucha merece la pena y que será recompensada.

13 años esperando una respuesta
En el estado de Maranhão hay un caso realmente dramático de un campamento, el “Lote7”, donde hace casi 13 años que esperan una respuesta del INCRA. Pese a que han construido numerosas infraestructuras y viven de forma tranquila su día a día, deben convivir con la incertidumbre de que si se determina, tras tantos años, que no pueden vivir en aquellas tierras, tendrán que deshacer todo el camino que han recorrido hasta ahora. Este es uno de los principales objetivos del MST: acelerar el proceso de adjudicación de la tierra, puesto que la burocracia hace que este trámite sea realmente lento.

Cuando el INCRA dictamina que las tierras pueden ser utilizadas por el movimiento es cuando el MST ha conseguido lo que reivindica: un espacio para producir, vivir y llevar una vida digna, precisamente el tipo de vida que todas estas personas no pudieron encontrar en las ciudades. Han conseguido llegar a la fase final: el asentamiento. Pero la lucha no acaba aquí.

Los asentamientos representan la última fase de la lucha. En este momento, aunque a menudo el MST se cuelgue las medallas, es el gobierno local o estatal quien dota de infraestructuras básicas el nuevo municipio, aunque hay que tener en cuenta que sin la presión del movimiento no se hubiera conseguido nada. De esta forma se crean escuelas y centros de salud, se articula un sistema de canales para hacer llegar agua potable y también se diseñan circuitos eléctricos para que todo el mundo tenga luz. En Maranhão, unas 2.500 familias ya se encuentran en esta fase, mientras que en todo Brasil son 90 mil, según datos del MST de agosto de 2009.

De la utopía a la cruda realidad
El asentamiento representa un sueño hecho realidad por todas las familias que habían ocupado las tierras. En Maranhão hay dos ejemplos muy claros de esta fase y que acumulan muchos años de lucha y experiencia: los asentamientos “California” y “Nueva Conquista”, en el municipio de Açailandia, son verdaderos pueblos con un gran número de servicios, y el primero tiene incluso una heladería y varios bares para ir a tomar algo tras la jornada laboral. Aún así, es en este momento, cuando el sueño se transforma en realidad, que aparecen las contradicciones. Durante el tiempo de lucha y de resistencia en los campamentos, los campesinos compartían la utopía de apoderarse de unas tierras y empezar una vida digna en el campo. Cuando la utopía se convierte en realidad tiene que establecerse unas pautas de juego que aseguren el buen desarrollo de esa comunidad.

El MST pretende construir unas comunidades “justas, solidarias y auto suficientes”. Su idea es organizar pequeñas comunidades de individuos que funcionen en base a los patrones propios de un modelo socialista, intentando crear comunidades alternativas al actual sistema capitalista. El pilar básico de su ideología se basa en un lema muy conocido por los movimientos anarquistas de cualquier parte del mundo: “la tierra para quien la trabaja”. Cada campesino consigue un terreno para poder cultivar sus alimentos y criar su ganado. Pero, aún cuando la idea inicial es crear una cooperativa para repartir los beneficios de la producción de manera conjunta, hay muchos asentamientos que optan por el autoconsumo, y cada familia se queda, de forma individual, las ganancias que le da su tierra.

La importancia de la educación
El MST da una importancia capital al sistema educativo tanto de niños y niñas como de adultos. Según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), el MST alfabetizaba en el estado de Maranhão, más de 1.500 personas el año 2005, en un estado donde el 27% de la población menor de 15 años es analfabeta, la tercera tasa más alta del país. La media nacional se sitúa en el 11%.

Bajo la influencia del famoso pedagogo brasileño Paulo Freire y del modelo educativo cubano, el movimiento ha creado una red de escuelas por los asentamientos con el objetivo de formar a los alumnos con conciencia de clase y espíritu crítico, siguiendo un modelo revolucionario que choca con la mayoría de sistemas educativos. Las disciplinas que se enseñan están estrechamente relacionadas con las necesidades de la comunidad y tras la enseñanza básica se priorizan los cursos de formación en técnicas agroalimentarias, economía política y también sociología rural.

Las comunidades desarrollan una sistema democrático participativo y directo: se forman unas asambleas, mediante una votación popular, que se encargan de gestionar el pueblo. Hay dos elementos claves que condicionan el buen funcionamiento de este sistema democrático. Por una parte, los asentamientos de Maranhão acostumbran a ser comunidades pequeñas de unas 200 familias como máximo y, por lo tanto, es mucho más fácil organizarse. Por otra, el hecho de que l’MST no sea un partido sino un movimiento social ayuda a que se intenten encontrar soluciones de manera conjunta

Los retos actuales
Se trata de un movimiento que se nutre también de otros movimientos, hecho que les permite tener una visión integral de los problemas que afectan a las poblaciones rurales y a la sociedad brasileña en general. En el estado de Maranho, el MST tiene estrechos vínculos con asociaciones de la capital, Sao Luis, que trabajan con personas sin techo, asociaciones de mujeres artesanas y con comunidades de quilombos, descendentes de esclavos negros.

Con sus 25 años de historia, el MST ha hecho un verdadero esfuerzo por renovar su discurso adaptándolo a los constantes cambios y conseguir el apoyo necesario para seguir con su lucha. Es por eso que, pese a las intenciones del gobierno, multinacionales y latifundistas por desvirtuarlo y hacer creer que es un movimiento violento, sigue siendo un referente de lucha social en América Latina y en todo el mundo.

Hoy día, la lucha es mucho más compleja: en un mundo globalizado como el actual, si antes “el enemigo” era el latifundista, ahora se difumina y se esconde en multinacionales, empresas dedicadas a la agricultura extensiva y a los transgénicos. La lucha se complica, pero con la fortaleza que han demostrado tras 25 años de lucha, no hay motivos por pensar que a estas alturas perderán la esperanza. Tal y como dice uno de sus lemas, “globalizarán la lucha para globalizar la esperanza”.

Júlia Serramitjana y Arnau Palou.

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