Por favor, póngame otro nuevo planeta nuevo
María González, de Consume Hasta Morir, critica en este artículo la cultura del “usar y tirar” y la tendencia de un mercado con una tecnología “cada vez mejor que hace las cosas peor”.
El otro día se me estropeó la lavadora. Cuando vinieron a arreglarla le pregunté al técnico: “¿Cómo es posible que ya se haya estropeado si sólo la tengo hace cuatro años?”. “Pues porque ahora hacen las lavadoras para que duren unos cinco años me contestó, a partir de ahí a todas hay que cambiarles algo”. Y yo respondí indignada: “¡Pero si mi abuela tiene la suya hace más de 20 años y no ha tenido que cambiarle ni una pieza! ¿Me está diciendo que ahora que se supone que la tecnología es cada vez mejor se hacen las cosas peor?”. “Pues eso parece”, contestó.
Está claro que es así, si no se rompe el mango de la sartén al décimo mes de comprarla, se estropea el tostador o el frigorífico deja de enfriar.
Pero es que la cosa no termina en los electrodomésticos. Resulta que mi madre todavía usa las sábanas que le regalaron cuando se casó (hace más de 25 años) y siguen estando suaves. En cambio, las mías, con sólo cuatro años, ya están llenas de bolas. Y no es cuestión de precio os lo aseguro.
Por un lado está claro que las cosas se hacen para que sean menos duraderas y haya que comprar otras nuevas, pero por otro tenemos interiorizado el discurso de que reparar no merece la pena, lo que se estropea ya no vale para nada y es más rentable comprar otro nuevo.
En mi bloque hay dos vecinos con los que me llevo muy bien. El vecino de abajo, un hombre mayor, sigue usando el coche que tiene hace 19 años: y mi vecina de enfrente acaba de comprarse uno nuevo, porque dice que el suyo ya tenía 6 años y las reparaciones salen más caras que comprarse uno. ¿Y es que las reparaciones cuestan los 18.000 euros que le ha costado el coche nuevo? Desde luego mi vecino de abajo no se ha gastado ni un tercio de este dinero en los 19 años que lleva usando su coche.
Todo es mercancía
A fin de cuentas lo ocurre es que el libre mercado además de convertir cualquier actividad o bien en mercancía susceptible de ser comprada o vendida. Necesita expandirse y crecer. Todas las actividades económicas deben realizarse dentro del mercado y generar un movimiento creciente de capital.
En definitiva, la demencial aceleración que experimentamos en las sociedades capitalistas tiene que ver, en última instancia, con la velocidad de circulación del capital y la avidez por recoger beneficios.
Eso explica por qué es preferible comprar nuevos electrodomésticos antes que reparar los viejos, hacer más pantanos en vez de optimizar el transporte de agua, o producir bienes de usar y tirar antes que otros reutilizables.
Pero lejos de darnos cuenta del impacto que estamos produciendo sobre el planeta permanecemos impasibles contribuyendo a su deterioro. Convencidos, en definitiva, de que cuando este medio ambiente sea invivible bastará con poner dinero sobre la mesa y decir: póngame otro nuevo.
(*) María González es articulista de Consume Hasta Morir, el proyecto de Ecologistas en Acción sobre consumo responsable y contrapublicidad.
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