Una ley contra la explotación infantil
Intervida llega al Parlamento con las 500.000 firmas necesarias para que se inicie un debate parlamentario. El tema de discusión: la aprobación de un artículo de ley que regule la importación de productos fabricados por niños.
En marzo pasado la ONG Intervida inició una campaña contra la exploración infantil cuyo fin principal, además de dar a conocer la situación de casi 300 millones de niños que en el mundo viven siendo esclavos o semiesclavos, era recoger el medio millón de firmas que son necesarios para que los parlamentarios abran un debate sobre un artículo de ley que prohíba a todo importador de productos manufacturados elaborados fuera del territorio de la UE obtener un certificado expedido por el fabricante en el que se exprese de forma explícita que en ninguno de los procesos de producción ha intervenido la mano de obra infantil.
Ya ha pasado casi un siglo desde que se firmara la Convención Internacional sobre la Edad Mínima Laboral (1919), pero parece que las cosas no han mejorado demasiado. Para Intervida muchos son los intereses ocultos que impiden que los distintos acuerdos a favor de los DDHH de la infancia y en contra de la explotación den su fruto. Gobiernos y empresas tienen en los niños a trabajadores baratos que se quejan poco; esta sería la razón que les lleva a utilizar los términos de trabajo y explotación indistintamente, provocando confusión.
Desarrollo a costa del sacrificio infantil
“Desarrollar el país” y “hacer crecer la economía” a costa del sacrificio de millones de niños y niñas que “ayudan a la economía familiar” es el argumento esgrimido por muchos que no diferencian entre un trabajo en buenas condiciones que permite ir al niño a la escuela y uno que le ocupa 12 horas diarias y acaba con su salud. En palabras de Intervida “una cosa es el trabajo digno, voluntario, remunerado y que permite al niño la posibilidad de educarse y al mismo tiempo ayudar a la familias, y otra la explotación laboral de los niños que son obligados a trabajar en condiciones lamentables”.
En 1998, ONG de 17 países se reunieron para pedir, de una vez por todas, la abolición del trabajo infantil. Con el nombre de Global March, esta multitudinaria recogida de firmas acabó en Ginebra, Suiza. Fue allí donde la organización de Niños y Niñas, Trabajadores del Tercer Mundo emitió un comunicado en el que declaraban que estaban en contra del boicot de productos hechos por niños, pero, no obstante, pedían respeto e igualdad en el trabajo, formación profesional, acceso a sanidad, participación en las decisiones que a ellos les atañen, más actividades rurales que no les obliguen a emigrar y que se considere el trabajo digno como un derecho más de los niños.
La ley que ahora Intervida pretende que se apruebe puede ser considerada como un boicot, pero ésta sólo pretende luchar contra la explotación y no contra el trabajo infantil. Además no pretenden que sea la solución a un problema que afecta a millones de niños y familias, pero lo consideran como “la forma más democrática para motivar, desde aquí, a que sus amos explotadores mejoren las condiciones de trabajo a que los tienen sometidos”. Por último también consideran que esto haría que los fabricantes se lo pensasen dos veces antes de contratar a un niño fomentando así el trabajo de los padres, las más de las veces en paro.
La primera iniciativa legislativa para acabar con le explotación laboral infantil surgió en EE.UU de la mano del senador demócrata Tom Harkin. Su esfuerzo porque se aprobara una ley del calibre de la que ahora solicita Intervida, se inició en 1993 y el texto inicial provocó el despido masivo de 50 mil niños de la industria textil de Bangladesh.
Por ello, se han ido haciendo modificaciones sobre la primera propuesta, explicando el tipo de tarea (extracción minera, producción, elaboración, manufactura) o el término “trabajo infantil forzoso”. Harkin sigue en su empeño de que EE.UU prohíba la entrada de productos realizados pro niños bajo condiciones de explotación.
Cifras y rostros de la exclavitud
Según cifras de la Organización Mundial del Trabajo, 300 millones de menores trabajan en régimen de jornada completa, causa de un amplísimo absentismo escolar. Pero estas cifras se quedan muy lejos de la realidad del problema, ay que ningún gobierno está dispuesto a reconocer la cantidad real de niños explotados dentro de sus fronteras.
Asía es el continente de los niños exclavos. Por sus características y su altísima demografía, allí vive el 61 % de los niños explotados. Sólo en la India hay más que en toda Sudamérica. Pero África no se queda muy atrás y, aún hoy, vemos imágenes que nos recuerdan al trato de esclavos de la primera era colonial cuando la gente se compraba y se vendía como ganado. Benin, Burkina Faso, Camerún, Costa de Marfil, Gabön, Nigeria y Togo son los países donde el trato de niños es mayor. Hasta hace poso se asociaba esta práctica a las consecuencias de la guerra cuando las niñas se convertían en concubinas y sirvientas de las fuerzas rebeldes.
Pero en países como Malí o Burkina Faso son explotados la mitad de los niños del país; en Kenia, Etiopía, Nigeria o Burundi, las cifras llegan al 40 % del total de los niños. América Latina se queda algo atrás aunque es allí donde se las minas se llevan la vida de miles de niños anuales.
Bolivia es el país más pobre del continente, sólo el 10% de los niños acaban la educación primaria. Unos 650.000 niños u adolescentes son víctimas de la explotación, de ellos quién peor lo tienen son los niños mineros. De 10 a 12 horas en la mina soportando altas temperaturas, trasladando cargas superiores a su capacidad física y en contacto con sustancias tóxicas. El resultado es que les cuesta desarrollar su capacidad visual y presentan contaminación sanguínea y capilar por mercurio; sin contar los que mueren directamente en los derrumbes.
John Locke escribía en 1670 que “debían instituirse en cada municipio centros de iniciación al trabajo para niños a partir de los tres años”. A medidos del siglo XIX, cuando surge la 1º Revolución Industrial, uno de cada ocho obreros era un niño, los menores de 10 años llegaban a trabajar de 8 a 10 horas seguidas sin descanso semanal. Hasta 1930, cuando 139 países del mundo suscribieron un convenio para acabar con el trabajo forzado, no se inició la guerra en contra del trabajo infantil. En 1959 se firmaban los Derechos del Niño, en cuyo artículo número 9 se lee “No deberá permitirse al niño trabajar antes de una edad mínima adecuada”.
La lacra de la esclavitud o semiesclavitud infantil saltó a la opinión pública mundial cuando Iqbal Masih, de nueve años, realizaba una declaración espontánea en la reunión celebrada en Pakistán por el Frente de Liberación del Trabajo Forzado. Ante la mirada atónita de sus interlocutores, explicó como a los 4 años fue vendido por sus padres por 600 piastras y el pago de una deuda contraída para alimentar a la familia. Desde entonces su vida fue el trabajo en los telares donde era atado para impedir que se escapara y para conseguir una mayor productividad.
Después de ese momento, Iqbal pasó a ser un niño libre y a luchar por la liberación de otros niños que vivían presos en los telares. Pero esto no duró mucho, con 12 años Iqbal salió a montar en bici con sus primos, 120 balazos le perforaron la espalda el 16 de abril de 1995. Ya han pasado siete años y la causa por la que murió Iqbal sigue hipotecando la vida de millones de niños ya sea en telares, en minas, en fábricas o en las calles vendiendo su cuerpo por nada.
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