Usman, Rebeca, Ratna, Deli... las voces y rostros de la explotación infantil
El director de “Acción por la Infancia”, Hernán Zin, recoge los testimonios que las víctimas de la explotación infantil han trasladado a los políticos en el Congreso Mundial sobre el Trabajo Infantil que se celebra en Florencia.
Usman saca un peine del bolsillo trasero del pantalón, lo sumerge bajo el chorro de agua que emana del grifo, y se lo pasa por el cabello, mirándose al espejo con cara de suma concentración. Lleva una americana demasiado grande, una corbata azul mal colocada, que en varios lugares pasa por encima del cuello de la camisa, unos vaqueros gastados y unas enormes zapatillas blancas. Como desde el auditorio llegan los ecos de una canción, guarda el peine, se mira una vez más en el espejo y parte emocionado en busca de sus compañeros de delegación.
Varios niños tocan tambores y cantan sobre el escenario. Desde una esquina, uno de los organizadores saluda a los representantes de Perú. “¡Bienvenidos nuestros amigos de Perú!”. Y los niños de Perú levantan las manos y saludan. Después da la bienvenida a los niños de Nepal. Y ellos saludan sonrientes.
Una vez que la canción ha terminado, llega el tiempo de los políticos. Hablan el alcalde de Florencia, el presidente de la Toscana y el enviado de Naciones Unidas. Y, finalmente, llega el momento en que Usman, con su traje demasiado grande y sus zapatillas blancas, sube al escenario y nos cuenta cómo es su vida a todos los que hemos asistido a la sesión inaugural del Congreso Mundial de los Niños sobre el Trabajo Infantil que en estos días esta teniendo lugar en la ciudad de Florencia.
Un poco nervioso, con las manos en la espalda, comienza a hablar sin dejar un instante entre frase y frase. El hombre que ha subido al escenario con él, le pide que se detenga, que le dé tiempo de traducir. Usman tiene que trabajar porque su madre es muy pobre. Aunque no tiene más de doce años de edad, pasa unas diez horas al día en un restaurante, sirviendo agua a los clientes y lavando los platos. “Lo que queremos es jugar y estudiar, como todos los niños”, afirma Usman.
Me sorprende, ante todo, el entusiasmo y la alegría que se vislumbra en su mirada. Miradas así no abundan en Occidente. Tantas ganas de vivir, de superarse, de aprender. Y quizás éste haya sido el gran acierto de quienes organizaron el congreso: hacer que políticos, periodistas y miembros de ONG, nos sentemos codo a codo con niños que trabajan, y tengamos la posibilidad de escucharlos, no sólo para comprender mejor sus problemas, sino para que sus ganas de salir adelante nos inspiren y de una vez por todas nos comprometamos en la lucha por lograr que todo niño pueda jugar e ir a la escuela, en lugar de vender su cuerpo por dinero, o pasar los días haciendo balones de fútbol, o rompiendo piedras en una cantera.
Después de Usman, hablan niños de otros países. Y la historia, mas allá de algunos matices, es la misma: largas jornadas de trabajo, salarios ínfimos, golpes, abusos sexuales, insultos, y un futuro hipotecado, al que van a llegar sin preparación alguna, con la salud maltrecha y con la certeza casi absoluta de que quedarán marginados de toda oportunidad de progreso.
179 millones de niños explotados vs 760 millones de euros para terminar con el trabajo infantil
Los organizadores del Congreso Mundial de los Niños sobre el Trabajo Infantil estiman que 179 millones de menores son explotados laboralmente. Terminar con el trabajo infantil costaría al mundo unos 760 millones de euros, que producirían beneficios a largo plazo por 5.000 millones, ya que los niños podrían estudiar y convertirse en adultos más productivos.
Por la tarde, los niños de las diversas delegaciones se sientan a debatir acerca del trabajo infantil. Son más de un centenar, provenientes de treinta países. Todos han trabajado en algún momento de sus vidas, así que saben bien de lo que hablan. Dori Santaolaya, una coordinadora española, que lleva varios años trabajando para la Marcha Global, la ONG que da vida al congreso, se sienta entre los miembros de uno de los grupos de debate, no para guiarlos, sino para escucharlos, para traducir. Porque el objetivo último del congreso, y otro de sus grandes aciertos, es que sean los mismos niños trabajadores quienes propongan a los Gobiernos las medidas que se deben tomar para terminar con la explotación infantil.
“Es más fuerte que sean ellos quienes pidan a los gobernantes que actúen. Seguramente les harán más caso que a los adultos, ya que ellos son los que sufren el problema”, me explica Dori.
Rebeca, una joven de Perú que durante cuatro años se dedicó a limpiar cristales de automóviles, afirma que en su país poco se sabe acerca de los derechos de los niños. Por eso, ella propone que se repitan una y otra vez en televisión para que la gente los aprenda.
Según Rebeca, la mayoría de los niños que deben trabajar en Perú lo hacen como sirvientes en hogares de familias adineradas. “Si estas familias ven en la televisión que no deben explotar a los niños, quizás no lo hagan más, o si los niños aprendemos nuestros derechos, entonces nos va a ser más fácil defenderlos”, afirma Rebeca.
En la última jornada del congreso, los niños entregarán la lista de recomendaciones a las autoridades en un acto que se realizará en el Palazzo Vecchio, aquí en Florencia. Después comenzará la Marcha Global que pretende llevar el testimonio de los niños a todos los países del mundo.
Distribución de riqueza, problema de fondo
Para Ratna, de Camboya, el problema de fondo es la distribución de la riqueza. “Si mis padres no fueran tan pobres, yo no tendría que trabajar. Los Gobiernos no deberían dejar que haya gente que pase hambre”, comenta a los jóvenes de su grupo. Ratna trabajó durante varios años en un barco limpiando pescado. Aún se notan en sus manos las marcas de los cortes que se hacía con el cuchillo.
En otro de los grupos de debate, me llama la atención una niña de Costa de Marfil, Deli Alice, que no puede tomar apuntes porque no sabe escribir. Desde los siete anos de edad, Deli Alice recorre cada mañana los basureros de su ciudad. Junto a sus hermanos, tira de un gran carro en el que colocan todo aquello que puedan comer o que tenga cierto valor para vender luego en el mercado. Para Deli Alice, los niños no deben trabajar porque son “muy frágiles”. Ella tenía amigos en el basurero que murieron por enfermedades. A los miembros de su grupo pide que anoten en las recomendaciones a los gobiernos, que cuiden de la salud de sus niños.
A las siete de la tarde finaliza la primera jornada del congreso. Los debates y exposiciones han terminado. Los coches oficiales y las cámaras de televisión se han ido. Y en los jardines, cuyo césped grandes carteles prohíben pisar, Usman, Rebeca, Ratna, Deli Alice y el resto de sus compañeros corren, ríen, juegan al fútbol. Vuelven a ser niños.
Hernán Zin es periodista y director de Acción por la Infancia, además de autor de varios libros como ‘Helado y patatas fritas’, un trabajo que denuncia la explotación sexual infantil en el Tercer Mundo.
Canal Solidario –OneWorld España
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